Lo aseguró la dueña de la farmacia. Ayer el OPDS no encontró productos tóxicos
Un episodio ocurrido el domingo en la farmacia ubicada en 28 y 38 que motivó la intervención de la Policía Ecológica y de Sustancias Peligrosas, habría tenido que ver “solamente con el uso de gran cantidad de lavandina en un lugar cerrado” que le provocó una descompostura a una de las personas que estaba limpiando el sótano de ese establecimiento, inundado durante el temporal del martes 2 de este mes.
Así lo afirmó la titular de la farmacia, Ana María Angeloni, quien, en diálogo con este diario, contó que el domingo sus dos hijos estaban limpiando el sótano en cuestión cuando uno de ellos se descompuso, razón por la que llamaron al 911 para que enviara una ambulancia. “Pero como me dijeron que no tenían ambulancia para mandar, mi otro hijo
llevó a su hermano en su auto hasta el Hospital Italiano. Sin embargo, cuando llegaron, ya se sentía mejor y ni siquiera entró a la guardia y se fue a su casa”, contó la mujer.
Angeloni también dijo que llamó a Defensa Civil “por consejo del 911” y que entonces se hizo presente en la farmacia un grupo de la Policía Ecológica. “Se vistieron como si hubiera estallado la bomba de Hiroshima pero a los 10 minutos de bajar al sótano se les acabó el oxígeno de las máscaras”, señaló.
La profesional afirmó que más tarde supo que sus hijos habían utilizado lavandina para limpiar el sótano y que eso fue lo que le provocó un mareo y lo descompuso” a uno de ellos.
Y con relación al informe que produjo la Policía Ecológica, que actuó en el episodio con participación de personal especializado de la Municipalidad, Angeloni señaló que “en el sótano no funciona un laboratorio (que está al lado, en nivel de la superficie); no había en ese lugar preparados, medicamentos ni componentes farmacéuticos, sólo frascos muy antiguos, que ya no tenían nada, es decir, no había nada tóxico ni peligroso. Además, la familia no vive en el piso superior ni hubo evacuados”.
informe oficial
Vale señalar que, como este diario informó ayer, el domingo la Policía Ecológica y Sustancias Peligrosas comunicó que, convocados a 28 y 38, la Sra. Angeloni “nos refirió que en el subsuelo, tras la inundación, quedaron elementos varios que, al intentar retirarlo sus hijos, sufrieron una descompensación y debieron ser conducidos al Hospital Italiano”.
Se precisó en el informe oficial, asimismo, que el sótano fue entonces inspeccionado por el comisario inspector Gabriel Rivera y el sargento Ramolo, quienes “constataron lo siguiente: se trataba de un subsuelo de aproximadamente 3 por 3 metros, con unos 90 litros aproximados de mezclas de varias sustancias tales como formol, ácidos, sueros, diluyentes orgánicos, pinturas, sulfatos varios y medicamentos no identificados (…) En el agua propia de la inundación se hallaban flotando varios frascos, tanto de productos químicos como de medicamentos”. Finalmente, se informó que se resolvió que el responsable del lugar “ debería contratar un transporte habilitado de residuos patogénicos o especiales, para el retiro y tratamiento adecuado de estos residuos”.
inspeccion del opds
Por otra parte, el sótano fue inspeccionado ayer por personal del Organismo Provincial para el Desarrollo Sostenible (OPDS), que labró un acta en la que se indicó que fueron atendidos “por un hijo del dueño” del lugar, quien “manifestó que para desinfectar el lugar arrojaron lavandina en gran cantidad y por esa acción uno de los hermanos sufrió un mareo”.
“También nos informan -añadieron los inspectores en el acta- que no hubo emanaciones tóxicas ni derrame de productos como formol u otro tipo de sustancias. En el lugar no se perciben olores fuertes, sólo olor a humedad. También se observó que en el sótano hay 3 cms. de agua y frascos vacíos en la planta superior de la farmacia”.
El Ministro de Salud de la provincia, Miguel Ángel Cappiello, anunció que el Laboratorio Industrial Farmacéutico (Lif) producirá Morfina y adelantó que se está trabajando en la producción de medicamentos destinados al tratamiento del dolor oncológico.
A través de un parte oficial de prensa, Cappiello explicó que “hablamos del dolor, que es un problema frecuente en pacientes con cáncer, con una prevalencia del 90%, según la International Association of the study of pain”.
Dijo además que se contempla producir “en el mediano plazo morfina de 10 y 20 miligramos en comprimidos para dar respuesta a una intervención en salud, enfocada al tratamiento del dolor en cáncer, por la cual se desea acercar la medicina paliativa a toda la provincia, con protocolos terapéuticos y docencia a distancia, tarea emprendida por la Coordinación del Programa Provincial de Oncología del Ministerio de Salud
Cappiello recordó como antecedentes recientes que en el año 2005, el LIF realizó una provisión de comprimidos de Morfina 10 y 20 mg, que fueron destinados para su distribución en hospitales de la provincia de Santa Fe.
Hasta 2010, produjo el rubro Morfina 1% inyectable en ampollas, el cual fue discontinuado en su producción y actualmente es adquirido por el Ministerio de Salud a través de procesos licitatorios de compra.
En la actualidad, el LIF produce Morfina 0,2% jarabe para su distribución en el Sistema de Salud de la Provincia de Santa Fe. Asimismo, el laboratorio cuenta con certificado provincial de todos estos productos, pero se está trabajando para “hacer la presentación ante la ANMAT durante el mes de mayo y así lograr el certificado nacional del rubro Morfina comprimidos, lo que permitiría el tránsito federal del mismo”.
El opoide mayor de referencia
Resaltó Cappiello que la morfina, según la escala analgésica de la OMS, es “el opioide mayor de referencia y se encuentra en el tercer escalón en el manejo habitual del dolor” y que en simultáneo “se avanza en el desarrollo de otros medicamentos para tratamiento del dolor, como es la metadona comprimidos”.
Finalmente, hizo conocer que el Instituto Nacional del Cáncer, a través del Programa Nacional de Producción Pública de Medicamentos, Vacunas y Productos Médicos, ha manifestado interés en que “el LIF avance en lograr esta certificación nacional, la cual permitiría coordinar acciones conjuntas de provisión de Morfina comprimidos en todo el país”.
En mil días íbamos a poder tomar agua del Riachuelo. María Julia lo aseguró orgullosa en los 90 y algunos se pusieron a arrancar las hojas del almanaque. Conocí a un porteño que lo hizo; doy fe. También de que su porteña esperanza alcanzó la finitud el día 300 del recuento, cuando otro bromeó sobre el entusiasta: “¿Estás loco? ¿Vos pensás que esta vez es cierto? No tomaste la pastilla”.
Caballito de batalla en las grandes urbes, el chiste se hizo carne entre nosotros. Cuando algo falla a los ojos del esperable rendimiento de nuestras facultades, lanzamos la broma: “Perdón, hoy no tomé la pastilla”.
Lo paradójico es que vivimos empastillados. Pidiendo recetas, intentando conseguir cajitas sin sello ni firma con el farmacéutico de la cuadra, tratando de inocuos a los medicamentos de venta libre como si en los blísteres no hubiese nada que temer.
“El mundo está desquiciado”, dijo Hamlet hace? ¿cuánto? Y así camina. Sólo que hoy la mayoría de los habitantes de las ciudades está más al tanto de dónde queda la góndola de los calmantes que del nombre del quinto candidato a diputado de la lista del partido que votará en la próxima elección.
De todos modos, en el sur del globo nos gusta regodearnos con que la parte que nos toca es la peor. Exageramos, sí, aunque también es cierto que en el país donde Cátulo escribió: “Estás desorientado y no sabés qué trole hay que tomar para seguir”, los estímulos ansiógenos disparan sin freno y para muchos explican, por ejemplo, que desde hace ya un par de décadas la Argentina integre la lista de los diez países que consumen más psicotrópicos.
Incluso en el reino del psicoanálisis, la vida cotidiana está medicalizada. Les pedimos a las pastillas -inventos notables que salvan vidas y mejoran la existencia con uso responsable- que hagan lo imposible: acabar con la incertidumbre-país (del riesgo país ya ni se habla) y hacernos rendir en lo individual mucho más que una máquina perfecta.
Ellas están entre nosotros para hacer honor a su definición de base (aliviar dolores físicos o mentales), pero también donde otras cosas no funcionan: tomamos antidepresivos porque no vemos claro el futuro, paliamos la ansiedad y el dolor de cabeza que nos provoca vivir inseguros porque sentimos que no hay nadie dándonos garantías de que los chicos que fueron al boliche volverán sanos y salvos a casa. Tomamos también para rendir más (en el trabajo, en la cama), para ser eficientes y no fallar en un mundo en el que competimos vaya uno a saber por qué.
No hay dudas de que los medicamentos ejercen atracción. The Washington Post nos puso al tanto de que en un lugar inhóspito de Afganistán un agente de la CIA le regaló a un cacique “cuatro píldoras azules. Viagra”, con lo que se aseguró una jugosa información sobre el movimiento estratégico de los talibanes.
Sí, las pastillas que tanto amamos son poderosas. Pero no pueden solas si queremos tomar la ruta de una calidad de vida más aceptable. Sin embargo, así las queremos: mágicas, y siempre listas en el botiquín. Para ser convocadas cada vez que algo duela o enturbie, como el agua sucia del Riachuelo.
Los modelos sociales auspiciados y promovidos en la actualidad suponen la solución de casi todos los problemas de la vida diaria a través del consumo de fármacos o sustancias.
Por Carlos Damín
El fenómeno de la “medicalización” pasó a ser el modo de ordenar los llamados disfuncionamientos sociales, propiciado por la difusión y circulación masiva de los psicofármacos, para lograr alcanzar así un “buen nivel de adaptación”.
La sociedad argentina está, en general, sobremedicada y polimedicada. La propaganda agresiva, publicidad costosa y siempre innecesaria de fármacos, complica el habitual desempeño de los médicos en la consulta.
El impacto de este fenómeno en la práctica médica es indudable: pocos pacientes se retiran de la consulta sin una receta, y no son menos los que cambian de médico si no reciben la prescripción de un fármaco en la primera consulta.
La publicidad y promoción activa por los medios masivos de comunicación, aumenta la automedicación irresponsable y el uso irracional de medicamentos. Los medicamentos abandonan así su lugar de bien social, esencial para la salud pública, y pasan a ser un bien de consumo.
Entre los medicamentos, es preciso distinguir aquellos de venta bajo prescripción o receta, de los de venta sin receta o de venta libre. Sobre estos últimos existe la suposición errónea e instalada entre el público en general, de que son inocuos.
No existe medicamento inocuo. Todos los medicamentos sin excepción, empleados en dosis excesivas o durante períodos demasiado prolongados, en situaciones en que no estarían indicados, pueden producir efectos secundarios, colaterales, indeseables o adversos, generar interacciones con otros fármacos o sustancias, inducir conductas de abuso o dependencia e incluso retrasar el diagnóstico de una afección que requiera cuidados médicos.
Además, se observa en la población poca información sobre contraindicaciones y poca lectura de los prospectos.
Un punto de inflexión
Con la sanción de la ley N° 26.567, que prohíbe la venta de medicamentos fuera de las farmacias, se logró un punto de inflexión. Las farmacias aseguran la calidad y condiciones de conservación de lo que se expende, mientras que los farmacéuticos recuperaron el rol fundamental de dispensar asesorando en su función de agentes de salud y de contralor, encargados de velar por el cumplimiento de la presentación de la receta médica cuando corresponda.
Así, es posible que el medicamento recobre la función y el respeto originales.
La dimensión del problema exige acciones y conductas claras y concretas: la automedicación responsable y el uso racional de medicamentos, la difusión científica y seria, la prevención a nivel comunitario así como el estímulo de formas de desenvolvimiento menos
peligrosas. Es prioritario trabajar sobre la promoción de la salud, destacando la importancia y los beneficios de una vida con hábitos más sanos en todos los niveles sociales y grupos etarios.
En busca de tranquilidad o confianza, y pese a existir otros tratamientos, los argentinos recurren cada vez más a fármacos para enfrentar situaciones cotidianas. Una sola pastilla bastó para que Florencia Luis supere la angustia asociada con viajes en avión o en ómnibus.
Tomarlos es como una ayuda, algo psicológico. Es una manera de ir seguro a acostarse con una mujer”, dice Ariel Rodríguez, de 45 años, al referirse al sildenafil (popularmente conocido como Viagra) y a otros medicamentos que se usan para el tratamiento de la disfunción eréctil. Ariel asegura que no tiene ningún problema físico que demande el uso de estos fármacos, pero que comenzó a utilizarlos durante los últimos meses de su matrimonio.
“Estaba casado y la vida sexual era muy monótona -cuenta Ariel-. Por eso, cuando tenía relaciones tomaba alguna pastilla para tener erecciones con mayor facilidad. Después me separé, y desde entonces, cada tanto, cuando tengo relaciones, la tomo. Como la experiencia con estas pastillas fue buena, uno tiende a seguir usándolas, como para no fracasar. Es algo que da tranquilidad.”
Vale aclarar que Ariel nunca se automedicó. El uso de drogas para la disfunción eréctil surgió de un acuerdo con su médico. “Existen consultas de pacientes en las que uno se da cuenta de que no tienen disfunción, pero frente a exigencias que ellos se autoimponen o por inseguridad prefieren optar por un fármaco que les reasegure lo que no pueden reasegurar desde un punto de vista emocional”, señala el urólogo especialista en disfunciones sexuales Adolfo Casabé, director médico del Instituto Médico Especializado (IME).
Como Ariel, otros miles de argentinos acuden a sus médicos en busca de alguna pastilla que resuelva problemas que les son tan cotidianos como no poder dormir, estar estresado o ansioso, querer bajar de peso o tener buen sexo.
Después de muchos años de lidiar con el insomnio, Silvia Calabró, de 42 años, decidió capitular ante el diazepam, un tranquilizante popularmente conocido por uno de sus nombres comerciales: Valium. “Ya no podía soportar más pasar las noches en vela, me angustiaba mucho -explica Silvia, que halló en el medicamento una solución inmediata a un problema de larga data-. No lo tomo todos los días. Pero si a la hora de irme a dormir noto que todavía estoy muy acelerada y sé que al día siguiente me espera una jornada laboral complicada, no dudo en tomarlo para poder descansar.”
En casos como el de Silvia o Ariel, existen alternativas efectivas que no descansan en el uso de medicamentos. Pero no todos están dispuestos o son capaces de invertir tiempo y esfuerzo para solucionar el motivo que los ha llevado a la consulta médica, o necesitan contar con algo que les brinde la seguridad de que podrán superar ese trance.
Jerónimo Ingani, de 19 años, usa suplementos dietarios que colaboren en su rutina de ejercicios.
Daniel Bogiaizian es doctor en psicología y recuerda un caso muy ilustrativo. “Hace 15 días me consultó una paciente por un problema de ansiedad social bien típico: en situaciones laborales y familiares se ponía muy nerviosa, pues tenía el temor de ser el centro de atención y ser evaluada negativamente. No era un caso severo y le sugerí que lo mejor era primero hacer una psicoterapia individual y luego entrar a un grupo de pacientes con ansiedad social.”
“Cuando le estaba sugiriendo esto, le conté que había una tercera opción, que era adicionar un psicofármaco. Le dije que no se lo sugería, porque me parecía que con la terapia era suficiente. Pero ella me lo pidió igual, porque no quería lidiar más con los síntomas, quería algo de afuera que le solucione lo que ella no estaba pudiendo resolver”, cuenta Bogiaizian, actual presidente de la Asociación Argentina de Trastornos de Ansiedad.
“Creo que tiene mucha importancia respetar la idea que tiene el paciente de lo que es mejor para él, siempre dentro del marco de lo que es la ética de ofrecer el mejor tratamiento posible -opina Bogiaizian-. En muchos casos es muy difícil negarle la alternativa de que acceda a un fármaco si realmente cree que eso es lo mejor para él. Incluso hay estudios que muestran que cuando las personas tienen la posibilidad de elegir la orientación de un tratamiento obtienen mejores resultados”, dice el psicólogo, al tiempo que contrapone una advertencia: “Hay cierta ilusión de que hay una pastilla para todo, y es verdad que muchas funcionan, pero otras no”.
En algunos casos, la medicación puede ser utilizada en virtud de su efecto placebo, pero a sabiendas de que ese efecto en algunas ocasiones puede no sólo no ser despreciable en el contexto del paciente, sino que incluso puede convertirse en una suerte de bastón en el que se apoyará el paciente para poder cumplir con un tratamiento que no le resulta sencillo. Dentro de este rubro pueden colocarse, por ejemplo, muchos de los actuales suplementos dietarios y nutracéuticos que se emplean para el descenso de peso.
“En estos suplementos el efecto es tan escaso (no más que un descenso anual del 2 al 3% del exceso de peso) que incluso muchas veces es difícil distinguir entre el efecto del suplemento dietario del efecto placebo”, comenta el doctor Edgardo Ridner, médico nutricionista, ex presidente de la Sociedad Argentina de Nutrición, que destaca que, justamente, el mayor valor de estos suplementos reside en su efecto placebo.
Para quien se encuentra en proceso de adoptar un plan alimentario acompañado de una rutina de actividad física, saber que cuenta con un medicamento que lo va a ayudar en algo, poco, pero algo al fin, puede ser la diferencia entre comprometerse o no con el tratamiento. “Es como un bastón en el que se apoya el paciente, como un empujoncito que puede hacer la diferencia en los momentos en los que el paciente que busca bajar de peso duda de si comer o no una porción más de lo que le permite su plan alimentario”, explica Ridner.
En todo caso el problema, señala la licenciada en nutrición Ana Chezzi, “es que a veces las fantasías que hay en torno de estos productos pueden jugar en contra, si es que la persona en vez de hacer lo que tiene que hacer para bajar de peso, sólo se centra en el mágico efecto de estas pastillas. Sólo su efecto placebo es útil, cuando estimula a los pacientes a que se aboquen más a cumplir la dieta y hacer ejercicio”.
Sólo saber que está ahí
Faltaban unos pocos días para emprender un periplo de siete vuelos en 25 días por Europa cuando Florencia Luis tuvo la mala idea de ver el film El vuelo . “Ya desde el comienzo de la película, un avión despega y se estrella -recuerda Florencia, de 23 años, asistente de cuentas de la consultora Identia-. A partir de entonces me empecé a maquinar con la idea, y a ese miedo se sumaron los nervios de que dos días antes de viajar tenía que rendir el último final de mi carrera.”
El esperable cóctel de nervios, miedo y ansiedad culminó una semana antes de subir al avión, cuando Florencia compartió sus inquietudes en un consultorio médico al que acudía por otros motivos. “Le dije al médico que tenía mucho miedo, mucha ansiedad, y ahí mismo me recetó Alplax [alprazolam]. Me dijo: «Si estás muy nerviosa al subir al avión, tomate un cuartito». En el primero de los vuelos no tomé nada y la pasé muy mal, en parte por la tormenta eléctrica que había al momento de despegar, pero me la banqué. Al segundo vuelo, que era en un avión muy chico e inestable, me dije: «Tomo; si no me muero».”
A veces el fármaco actúa como reaseguro, afirma el doctor Adolfo Casabé.
Era la primera vez que Florencia tomaba un ansiolítico, y también fue la última. “El medicamento me sacó la ansiedad y me sedó, viajé dormida -recuerda-. Pero en los vuelos restantes ya no sentí la necesidad de tomarlo. Lo llevaba encima, eso sí, por las dudas, y lo sigo llevando en la cartera siempre que viajo en ómnibus de larga distancia, en los que tampoco la paso bien si viajo de noche. Yo intento de todas las maneras posible no tomar el medicamento, y de hecho no lo hago, pero sé que si me agarra un ataque de ansiedad cuento con algo que me puede ayudar. Y eso me da tranquilidad.”
“El problema no es la medicación, sino cuál es su uso -afirma el médico psiquiatra Horacio Vommaro, jefe de psiquiatría y salud mental del Instituto de Neurociencias Buenos Aires (Ineba)-. Hay medicación que ayuda a resolver o paliar mucha sintomatología y muchos cuadros, lo que pasa es que frente a un pedido de un paciente siempre hay que asegurar la racionalidad de su uso.”
Para Vommaro, el principal peligro es el uso de este tipo de medicamentos cuando no son indicados por un médico. “Como resultado de una cultura de la rapidez y de la inmediatez, la medicación circula en la vida cotidiana -sostiene-. Hoy, una persona que habla con otra que no puede dormir no duda en decirle que tome algo que a ella le hizo bien.”
Marina Drake, neuropsicóloga coordinadora de Neuropsic, opina que se les ha perdido un poco el respeto a medicamentos como los psicofármacos. “Si por respeto se entiende temor o vergüenza por tomarlos, creo que se les ha perdido el respeto”, dice, y agrega que incluso en algunos casos es “bajo el registro de la necesidad de un control por parte del médico o de los efectos colaterales que pueda traer la medicación”.
En los casos en que la medicación se instala como un refuerzo positivo de la persona en trámite de superar algún problema que, efectivamente, responde en forma positiva a ese fármaco, es clave el criterio y el conocimiento del médico para determinar cuándo es tiempo de dejar esa muleta farmacológica, y cómo hacerlo. Si la medicación ha sido bien indicada, es esperable que su abandono transcurra sin mayores contratiempos.
“Cuando se ha recibido durante mucho tiempo la medicación es habitual que se haga una reducción paulatina de la misma, período en el que el paciente va viendo por sí mismo que puede desenvolverse sin problemas con cada vez menores dosis -explica Drake-. Esto genera una mayor confianza en las propias posibilidades de la persona de enfrentar la vida cotidiana sin requerir medicación.”
Así, para muchas personas el medicamento al que recurren para dar respuesta a un problema cotidiano puede convertirse en un acompañante ocasional, temporario o, en algunos casos, de por vida, aunque más no sea para saber que se cuenta con él para “situaciones de emergencia”. En todos los casos, la pregunta que debe hallar una respuesta es si el medicamento es realmente necesario.
“En lo que hace a la disfunción eréctil, muchas veces nos encontramos
con pacientes en los cuales uno observa una cuestión muy importante de inseguridad o de autoexigencia desmedida, y en los que uno prescribe una medicación que podría no ser prescripta -concluye Casabé-. Pero también es importante tomar en cuenta que en general se trata de pacientes que vienen con una gran carga emocional, y a veces no les alcanza sólo con la palabra.”
tres miradas autorizadas
“Creo que tiene mucha importancia respetar la idea que tiene el paciente de lo que es mejor para él” Daniel Bogiaizian
Psicólogo
Un suplemento dietario “es como un bastón en el que se apoya el paciente, un empujoncito que puede hacer la diferencia” Edgardo Ridner
Médico nutricionista
“Es importante tomar en cuenta que en general se trata de pacientes que vienen con una gran carga emocional, y a veces no les alcanza sólo con la palabra” Adolfo Casabé
Medico urólogo
La Nación 13-04-13
Versión Digital del Boletín Farmacéutico Bonaerense